Estamos perdiendo generaciones
Parques vacíos, terrazas llenas. El constante cambio de restricciones, dictando el número de personas con las que nos podemos juntar en una mesa, de alguna manera han nublado el abanico de actividades que se pueden hacer un sábado cualquiera. La juventud, de unos 16 años, está perdiendo la perspectiva de la adolescencia, descompensándola, menospreciándola y maltratándola.
Es triste ver como estos adolescentes tienen literalmente los mismos planes que sus padres. Bajan al bar a beber cerveza, cubatas y vino. ¡Vino! ¿En serio? Es casi imposible tragar el vino a esa edad. Para poner en perspectiva el preocupante panorama actual, pongámonos en situación:
Hace un mes, unos amigos y yo quedamos para jugar al baloncesto en la nueva cancha del pueblo. Era Semana Santa, hacía buen tiempo, y llevábamos desde el pasado verano sin hacerlo. La tarde de basket terminó con dos policías a la puerta de la pista donde jugábamos; algún vecino los había llamado denunciando que había unos chavales jugando a baloncesto sin mascarilla. Afortunadamente, cuando la policía llegó, no estábamos cometiendo ninguna ilegalidad, sin contar que la nueva cancha todavía no estaba inaugurada (es decir, a la canasta solo le faltaba la foto con el político de turno).
Nos quedamos completamente anonadados con la situación, con la "policía de balcón" que estaba pendiente de nosotros. Y lo peor de todo es que, desde aquella tarde, ni se nos pasó por la cabeza volver a quedar para jugar a baloncesto por si volvíamos a ser unos delincuentes.
Lo curioso de aquel día, que es precisamente a dónde quiero llegar, fue el camino hacia casa. Yo, caminando por la Calle Real, con mi arma de delincuente bajo el brazo (el balón de baloncesto), mientras decenas de grupos de personas bebían juntos en las terrazas, sin preocupaciones de que la policía fuese a apuntarlos con el dedo. No estaban haciendo nada ilegal, pero ¿y nosotros?
Y es que así se nos ha pintado la vida desde que comenzó el estado de alarma. El único plan es ir a tomar algo, ir a cenar, beber sin parar... Ya se nos acaban los temas de conversación de tantas horas bebiendo cañas en las terrazas. Incluso algunos pasan más tiempo en una esquina fumando que sentados a la mesa. Y por no hablar del dinero que se está dejando la gente en cubatas; antes a nadie se le ocurría gastarse 25 euros en alcohol todos los sábados.
Personalmente, me preocupa la imagen de la sociedad en la que se ha desembocado desde que volvieron a abrir los bares. Las nuevas leyes cada semana, tan precisas, tan diferentes y tan relativas, nos han hecho perder el hilo y, lo más preocupante, nos han arrebatado las ganas de todo, más allá de estar en la mesa de un bar. No hacemos viajes en coche porque solo podemos ir cuatro personas dentro; no salimos a correr porque hay que llevar la mascarilla; no vamos a jugar al baloncesto por si aparece la policía. En los telediarios destacarán siempre el porcentaje de mesas en terraza y el número de personas que se pueden sentar en ellas, porque parece que es lo único que podemos hacer; porque a la mínima que hacemos algo diferente (incluso más sano y responsable) la policía siempre está al acecho.
No puede ser que lo que más desee un chaval de 15 años un miércoles de abril sea que llegue el sábado para emborracharse toda la tarde ¡por la tarde! Esto es lo que ha provocado la limitación del toque de queda; adolescentes dando verdadera pena por las calles, cuando estas todavía están llenas de niños pequeños, que ya ven de cerca su cercano futuro. Y es esto lo que estamos "consiguiendo". Cada año, nos hacemos mayores antes, o nos hacemos los mayores antes, y es necesario poner un límite. No es normal que adolescentes de 15 años prefieran una tarde de milnueves a una tarde de fútbol o baloncesto; que prefieran ir al parque a fumar porros en vez de a comer pipas.
Estamos perdiendo buenos hábitos, estamos perdiendo formas de pasarlo bien, estamos perdiendo tiempo de vida y sí, estamos perdiendo generaciones.

Comentarios
Publicar un comentario