Don Xosé y el otro virus



Fuente: copmadrid.org

Hace una semana iba caminando por Santiago a las 10 de la mañana. En mi habitual trayecto a clase siempre me fijo en las terrazas donde varios señores toman su café mañanero juntos, algo que seguramente lleven años haciendo. Mi sentido crítico, atrofiado por la situación pandémica, provoca que lo primero que piense es: "seguro que estos cuatro no son convivientes y están sentados en una mesa, algo que es totalmente ilegal". Y a las pocas décimas de segundo, mi verdadero yo piensa: "¿Por qué iban a parar de hacerlo?" "¿Cómo les vamos a quitar a Don Xosé y a sus amigos ese café que llevan compartiendo cada mañana durante años?". Hoy pasé por delante de aquella cafetería y las mesas estaban apiladas, unas encima de otras, con una cadena. Probablemente, Don Xosé esté en su casa, tomando un café solo, sin leche y sin amigos.

Ese café, para Don Xosé y sus amigos de toda la vida, probablemente sea lo único que les anima a salir de casa por la mañana, aparte de ir a ver como van las obras en la catedral. ¿Qué pesa más para Don Xosé? Muchos pensarán que lo primero que debe hacer es alejarse de cualquier amenaza del virus, pero intenta tú convencerlo de que un café es una amenaza, o de que es peligroso ir a la alameda a sentarse en un banco viendo la vida pasar. Don Xosé tiene muy claro que prefiere "arriesgarse" a la exposición del virus que perder cualquier pequeña razón que le de vida; una vida que nunca se sabe cuándo va a acabar; una vida que tiene un sentido cada mañana.

Este episodio y muchos otros comportamientos derivados de la pandemia me llevan a reflexionar sobre algo a lo que no le estamos dando demasiada importancia; algo que está ahí, acompañándonos cada día, que se hace más y más grande cuantos más señores se quedan en casa: los trastornos mentales. Uno de esos impulsos que nos hacen a los jóvenes tomar responsabilidad ante el virus es pensar en nuestros mayores. Proteger a nuestros abuelos es una de nuestras máximas en la nueva normalidad, aunque esta protección conlleve paradójicamente alejarnos de ellos lo máximo posible.

La pandemia nos afecta a todas y todos, en mayor o menor medida, pero desde que esto empezó, en nuestros círculos de amistades o familiares han surgido comportamientos "hipocondríacos" que, a mi juicio, no son nada sanos. Con la pandemia descubrimos a esas personas que, siendo las más responsables evitando cualquier posibilidad de contacto con el virus, acaban siendo a la vez víctimas del otro virus. Personas que, cuando las llamas por teléfono, no quieren colgar porque no se dan cuenta de cuánto les urge el contacto con otras personas. Creo que todos sabríamos decir un nombre de alguien que apenas hemos visto en 8 meses, personas que ni siquiera han querido avanzar a la fase 0. Si avanzamos fases fue porque la emergencia económica ya superaba a la sanitaria, pero hay una emergencia algo más distante que tiene tanta importancia como estas dos: salvar nuestra salud mental. Respeto la decisión de quedarse en casa sin que el gobierno lo obligue, pero todo tiene un término medio y hay que saber sobrellevar la situación sin caerse ni por un lado, ni por el otro.

Estoy seguro de que muchos habréis tenido menos contacto del que os hubiera gustado con algunos familiares o amigos, por precaución, por tratarse de personas de riesgo. También estoy seguro de que, durante esos efímeros encuentros que os regalasteis, habréis notado un cambio en su forma de ser y tratar el día a día. El aislamiento no es bueno para la salud mental, ni aunque se lleve en compañía de una o dos personas más, y si hay una fracción de la sociedad que lo sufre con duras consecuencias, esa es la 3ª edad. Numerosos "abuelos y abuelas" que salían a diario a pasear por los parques o a ver a sus amigos en la barra de un bar, pasan ahora los días ahogados entre cuatro paredes bajo su casi único "salvavidas" llamado televisión, saturados de noticias, tertulias, cifras de contagios y concursos en redifusión. 

No puede ser que Don Xosé esté ahora más preocupado por cuantos pacientes en UCI hay en Murcia y no sepa nada de su amigo Moncho con el que solía ir a tomar café cada mañana. Y digo que no puede ser porque todo tiene un término medio; Don Xosé puede ver a Moncho, aunque sea a un metro y medio y con mascarilla, sin peligro de contagio; y los pacientes murcianos seguro que están en buenas manos. Pero el problema reside en que la pandemia les ha robado las ganas de verse; ambos están muy ocupados saturados de hashtags por todas las cadenas #quédateencasa, #saldremosjuntosdeesta, o viendo "Ahora caigo". Tantas horas de televisión que terminan perjudicando a quien pretende sacar algo de provecho de ello. Tantas horas de aislamiento que provocan que la única preocupación que tengan estas personas sea la que Ferreras o Ana Rosa les meta en la cabeza. Tantas horas que ya se convierten en 8 meses bajo la supervisión del miedo que los posee, sin pensar por uno mismo, sin ejercitar la mente y sin sentir a otras personas cerca.

Esta situación está muy marcada por el mal uso de los medios de comunicación, que está haciendo daño a muchas personas. Desde que la pandemia comenzó, una parte de la ciudadanía (una demasiado amplia) se ha topado con que tiene que estar pendiente de lo que dicen los periódicos y las cadenas de televisión para saber siquiera si pueden ir a pasear con cuatro amigos. Millones de personas que no estaban habituadas a leer el periódico o a ver le telediario cada mediodía no saben como controlar, filtrar y tratar esta gran cantidad de información y de ellos surgen dos comportamientos: criticar a los medios y a los políticos sin ningún tipo de criterio, por pura ignorancia, o dejar que todo ese saco de noticias los engulla y pasen a ser siervos de lo que digan los tertulianos, creyendo tener una opinión sobre el tema cuando solo están imitando a un hombre con traje que acaban de ver gritando como un poseso en la televisión.

Los medios, plurales y diversos, están para servir a la sociedad y es esta la que tiene que saber manejar, filtrar e interpretar la información que le están otorgando. Por ello es más necesario que nunca que Don Xosé vea a Moncho, aunque no sea sentados en una terraza, para poder discutir sobre lo que contaban este mediodía en el telediario, porque es así como, además de ejercitar la mente y pensar por uno mismo, se pueden prevenir los trastornos neurológicos derivados de la baja actividad social. Y de paso ven cómo van las obras de la catedral.

La soledad y el aislamiento social también son un virus. Un virus que daña la salud mental de quien se inhibe de la sociedad, del aire fresco. Lo más probable es que los jóvenes salgamos de esta sin demasiados problemas. Son ellos, nuestros mayores, los que se están yendo, incluso en vida. Trastornos como la demencia o la depresión comienzan a asomar en nuestros seres queridos, ahora más vulnerables por la amenaza del virus y de la inactividad social. Por eso, tras todo esto, no puedo evitar hacerme dos preguntas que os lanzo también a vosotras y vosotros: 

¿Vale la pena desentenderse por completo del mundo exterior durante tanto tiempo? 
¿Es mayor el riesgo del COVID-19 que el de trastornos como la demencia o la depresión?


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