De "Iniesta de mi vida" a "Viva la muerte"
![]() |
| 11-7-2010, Sudáfrica |
![]() |
| 10-2-2019, Plaza de Colón |
Dos imágenes similares. Nueve años de diferencia. Lo único que las separa: un país unido y uno roto.
Es cierto que España siempre fue un país algo "roto", y no necesariamente en un mal sentido. El hecho de tener una sociedad tan plural y diferente hace que no todos sientan los colores de la bandera o el himno con tanta fuerza como en muchos otros países desarrollados, como nuestra vecina Francia. Hay quien se siente más español, o más catalán, y hay quien comparte ambos sentimientos. Además, España nunca estuvo unida del todo; desde ser suevos o visigodos, pasando por republicanos o fascistas hasta llegar a ser del gobierno social-comunista-bolchevique-bolivariano-venezolano encabezado por el enemigo de España Sánchez y un mendigo con coleta con un chalé que lo flipas o de una derecha elitista dedicada exclusivamente a la política del odio. A pesar de estar casi siempre sometidos a elegir un bando u otro, hasta hace relativamente pocos años, siempre hubo algún motivo ocasional que hacía juntar al país al menos por unas horas, como en cada gala de eurovisión, los juegos olímpicos o la ya histórica final del mundial de fútbol de 2010.
Recuerdo ahora aquella final, en Sudáfrica; un partido que ni los que aborrecen este deporte olvidarán. El 11 de julio de 2010 se podría decir que casi todo el país iba a una; madrileños, catalanes, gallegos, andaluces, vascos... Que estuviéramos unidos era algo bastante natural, pero era una unidad que nada tiene que ver con la unidad de España de la que tanto hablan los principales líderes de la derecha y utra derecha española. Está claro que, cuando se trata de una competición deportiva internacional, es más sencillo y habitual apoyar al equipo español; al fin y al cabo, es la opción más lógica. Si la selección de fútbol se enfrenta a Camerún, ¿a quién vamos a animar, si Kameni ya ni juega y no sabemos ni situar a Camerún en el mapa?
Han pasado diez años. Ahora imaginemos que mañana La Roja vuelve a disputar una final de un mundial. ¿Actuaríamos igual? ¿Nos pintaríamos la bandera de España en los mofletes otra vez? ¿Lloraríamos al terminar el partido, ya sea por felicidad o tristeza? Yo lo tengo claro. La verdad es que en aquel mundial yo iba por Argentina, hasta que Alemania le metió 4 goles en cuartos de final. Pero bueno, a lo que voy es que, a pesar de seguir a otra selección, en el fondo iba por España; vi todos sus partidos, a diferencia que con Argentina, y el gol de Iniesta sumado a los llantos 5 minutos después hablan por si solos. La diferencia, diez años más tarde, es que mañana yo no me pintaría los mofletes de ningún color, ni cantaría con decisión "¡¡Yo soy español, español, español!!" ni mucho menos soltaría una lágrima. No es que me importe mucho, de eso se trata precisamente, pero qué triste.
Muchos coincidiréis conmigo, otros no. Los que no lo hacéis, probablemente, estáis orgullosos de las manifestaciones en los barrios ricos de Madrid de esta semana y os creéis todo lo que dice ABC, El Mundo, OkDiario y sus editores jefe: Inda, Casado, Abascal, Ayuso e incluso Franco, que resucitó entre tanta águila negra con mascarilla gritando con palo de golf en mano por el barrio de Salamanca. Unos auténticos fenómenos que hace un mes querían datos verídicos de las muertes diarias y exigían luto oficial solo para poder echarle la culpa al gobierno de cada fallecimiento por actuar tarde; es decir, que cuantas más muertes había, mejor para ellos. Me recuerda esto a la famosa frase del fundador de la Legión y franquista Millán Astray, "¡Viva la muerte!", que se hizo famosa en la reciente película de éxito Mientras dure la guerra. Ahora, estos españoles de bien salen a la calle en masa, algo que solo aumenta las probabilidades de que los fallecimientos vuelvan a crecer y afirma el grito de Astray, pero no hace falta hablar demasiado del ridículo que está haciendo esta gente, no hay más que verlos. Eso sí, tengo que felicitar a algunos como al hombre de la imagen, por llevar mascarillas en honor a los sanitarios de la cruz roja, nuestros héroes de ahora y de siempre.
Ahora la rivalidad que separa los dos bandos que hay en el país es casi tan potente como en pleno siglo XX. Unos llevan el triángulo rojo de apellido y otros la banderita. Unos se quedan en casa por la pura responsabilidad que exige la situación y otros salen a manifestarse por primera vez en su vida, y se nota; las primeras veces nunca son las más afortunadas. Lo peor, y lo que ya no sorprende, es que los líderes políticos que los representan los apoyan públicamente, y amenazan advirtiendo de que lo de Núñez de Balboa solo era el principio, como dijo Díaz Ayuso. Recuerda un poco a Torra ¿no? Solo que aquellos luchaban por urnas y estos luchan por que abra Louis Vuitton. Es este bando el que consiguió que veamos águilas negras en cualquier trozo de tela rojo y amarillo que se cruce en nuestra mirada. La bandera rojigualda nunca unió como la italiana o la francesa, pero en esta última década, la derecha ha terminado de rematarla apropiándose de ella, convirtiéndola en su símbolo del odio. La verdad es que para mí siempre fue bastante fea, pero antes, por lo menos, no me causaba rechazo el simple hecho de verla.
Este y cada alzamiento de la bandera utilizado para encubrir el machismo o el fascismo, para representar unos valores elitistas, la monarquía, la tauromaquia y para oprimir al feminismo, a la comunidad lgtbi, a los servicios públicos, a los inmigrantes o a las clases bajas han conseguido que ahora los catalanes se sientan más catalanes y los de Teruel reivindiquen que efectivamente existen.
En aquel zapatazo de "Iniesta de mi vida" poca gente se paró a pensar en si la bandera tenía que ser tricolor, rojigualda o rosa fucsia. Pero si Iniesta hiciese esa volea mañana, ya no sería lo mismo; unos están muy ocupados intentando sacar adelante el país en medio de una pandemia mientras otros prefieren gritar "¡Viva la muerte!". Además, en realidad Camerún tiene equipazo.


Comentarios
Publicar un comentario